lunedì 13 novembre 2017

Un aforisma al giorno

Quando tutto, nella sua identità, sta diventando debole e inadeguato, un popolo comincia a parlare di efficienza. Così, un uomo, quando il suo corpo è un relitto, incomincia per la prima volta a parlare di salute fisica. Gli organismi vigorosi non parlano dei loro processi, ma dei loro scopi.

Gilbert Keith Chesterton, Eretici 

domenica 12 novembre 2017

Un aforisma al giorno

(L'uomo) può rivoltare ed esplorare un milione di oggetti, ma non deve scoprire quello strano oggetto, l'universo; poiché se lo farà, avrà una religione, e sarà perduto. Tutto conta, salvo che il tutto.

Gilbert Keith Chesterton, Eretici

Un aforisma al giorno

La dottrina dei diritti dell'uomo è accantonata con la dottrina della caduta dell'uomo.

Gilbert Keith Chesterton, Eretici

Chesterton & Eugenics: the challenge of our time - Vatican Radio

http://en.radiovaticana.va/news/2016/06/09/chesterton__eugenics_the_challenge_of_our_time/1236006

BBC Radio 4 - The English Fix, Series 1, The Secret People (di GKC!)

http://www.bbc.co.uk/programmes/b08dn2gn

Radio Chesterton - Pump Street

http://www.pumpstreet.it/libreria/318-libreria.html?search_query=radio+chesterton&results=17

venerdì 10 novembre 2017

Le Nicholl, piccole grandi amiche dei Chesterton. Amicizia, umiltà ed ordinarietà.

Vi abbiamo parlato qualche volta delle ragazze Nicholl, alcune sorelle che incontrarono i Chesterton durante una breve vacanza di questi ultimi a Lyme Regis. Eccone qui due con la mamma tra il nostro Gilbert e la nostra Frances.

Indugio spesso, ultimamente, su questa storia che sembra una piccola favola, ma che invece è la realtà: la vita dei Chesterton è sempre stata intessuta di rapporti profondi, sinceri e duraturi, soprattutto con i bambini che, come le ragazze Nicholl, diventavano adulti. Questa storia colpisce molto i bambini, e capisco perfettamente perché.

Secondo me non si è mai abbastanza guardato a queste cose: io credo che la carità che i nostri due amici mettevano nelle amicizie che coltivavano con assiduità ed affetto sia un piccolo grande segno della loro santità, che diventava tessuto ordinario della realtà in cui erano immersi. È difficile trovare episodi strabilianti (a parte qualche originalità generata dalla sbadataggine di Gilbert) nella vita del nostro eroe, però questo ci rincuora. Nelle due volte che sono stato a Beaconsfield ed ho visitato la tomba dei Chesterton, ho riscontrato qualcosa di paradossale: nei gentili abitanti del piccolo paese inglese, quando nominavo Gilbert, vedevo sempre un certo stupore: la maggior parte di loro non lo conosceva, anche se quelli che avevano più o meno la mia età avevano qualche ricordo, come lo si ha di qualcuno di più o meno conosciuto in paese, come una specie di amico di un amico di cui si è un po' persa la memoria. Ecco, questo è un paradosso: essere così "normali" anche nella propria originalità da permettersi il lusso di essere anche dimenticati. Ci vedo qualcosa... anzi un gran sapore di umiltà.

Potremmo anche dilungarci a scrivere il perché del prolungato oblio di Chesterton (oblio da cui con gioia e soddisfazione lo stiamo tirando fuori ogni giorno di più), ma non c'entra nulla a questo punto. Coltivare l'amicizia come si coltiva una virtù, viverla con grande umiltà e attraversare il mondo per quanto si può in punta di piedi sono bellissimi paragrafi della vita di quest'uomo.

Marco Sermarini



Nella foto (presa in prestito volume di Denis J Conlon sulla vita di Chesterton) troviamo in piedi Frances, al suo fianco Winifred Nicholl e a destra il nostro Gilbert con ai piedi Dorothy (col pescetto in mano) e Barbara Nicholl a Lyme Regis nel 1925.

mercoledì 8 novembre 2017

Chesterton: un católico contra la indiferencia | InfoVaticana


Chesterton: un católico contra la indiferencia

José Javier Esparza / La Gaceta Gilbert Keith Chesterton es importante por varias razones. Una: su proceso intelectual de conversión al catolicismo. Otra, muy unida a la anterior: su compromiso con una visión de la economía coherente con la doctrina de la Iglesia y que superara tanto al capitalismo como al socialismo; es lo que se llamó el "distributismo". Una tercera razón: su literatura al mismo tiempo irónica y profunda, capaz de convertir las grandes cuestiones filosóficas en asuntos que cualquier lector puede sentir como propios. Añadamos una cuarta: el invento del Padre Brown, ese singular cura detective que resuelve casos criminales con la convicción de que se halla inmerso en un gigantesco y eterno combate moral. ¿Cómo no hablar de Chesterton?

Chesterton vivió a caballo entre los siglos XIX y XX. Era inglés. Incluso muy inglés. Dejemos que él mismo nos lo cuente con las palabras que abren su Autobiografía:

"Doblegado ante la autoridad y la tradición de mis mayores por una ciega credulidad habitual en mí y aceptando supersticiosamente una historia que no pude verificar en su momento mediante experimento ni juicio personal, estoy firmemente convencido de que nací el 29 de mayo de 1874, en Campden Hill, Kensington, y de que me bautizaron según el rito de la Iglesia anglicana en la pequeña iglesia de St. George, situada frente a la gran Torre de las Aguas que dominaba aquella colina. No pretendo que exista ninguna relación significativa entre ambos edificios y niego rotundamente que se eligiera aquella iglesia porque yo necesitara para convertirme en cristiano toda la energía hidráulica del oeste de Londres".

Un gigante rebelde

Es muy significativo que Chesterton abra su Autobiografía planteando, de entrada, el hecho de su conversión: es que él mismo lo veía como el acontecimiento central de su vida. Tenemos que situarnos en la Inglaterra del último tercio del siglo XIX. Chesterton nace en 1874, en pleno apogeo de la Inglaterra victoriana. Su familia, culta, relativamente acomodada, era anglicana, pero sólo por convención social. Gilbert crece en ese ambiente (y crece mucho, por cierto: medía 1,93 y pesaba 130 kilos). Se educa en buenos colegios que, sin embargo, le decepcionan. Chesterton definía el sistema educativo como "ser instruido por alguien que yo no conocía, acerca de algo que no quería saber".

¿Qué quería saber Chesterton? Un poco de todo. Primero le interesa el dibujo y la pintura, artes que llegó a dominar con destreza. Después cae bajo la seducción de una de las grandes modas del momento: el espiritismo, el ocultismo. Es la época de Madame Blavatsky y del joven Aleister Crowley. Chesterton se sumerge a fondo y, más aún, llega a la conclusión de que él era el único que realmente creía en el Demonio de todos los que se entregaban a esas prácticas. Errático, con 21 años abandona los estudios universitarios. Se dedica al periodismo y a la edición. ¿En qué ámbito? Precisamente ese del ocultismo. Pero sólo al principio.

Nuestro hombre podría haberse convertido en un escritor espiritista. No lo hizo. ¿Por qué? Hay algo prodigioso en la manera en que Chesterton va siendo apartado suavemente, poco a poco, de ese mundo. Primero, por su matrimonio: en 1901 se casa con una anglicana practicante, Frances Blogg –su novia de toda la vida-, que le acerca de nuevo al cristianismo. Además, la propia reflexión de Chesterton le encamina hacia la cuestión de Dios, que termina siendo para él la cuestión central. Se hable de lo que se hable, la cuestión de Dios aparece siempre. ¿Y de qué habla Chesterton? De arte, política, poesía. En 1900 aparece su primer libro: la colección de poesías Greybeards at play. En 1904, su primera novela: El Napoleón de Notting Hill. Publica biografías sobre Robert Browning y Charles Dickens, dos cumbres de la literatura inglesa del XIX. Ya es un escritor profesional. Como su pluma es ágil y punzante, no tarda en hacerse con un público fiel. Y él, por su parte, ya ha encontrado su perfil, su figura, lo que quiere ser: el gran polemista que reintroduce lo cristiano en el debate público inglés.

Los errores del mundo moderno

Chesterton ya ha decantado su posición intelectual. Por encima de todo, es un crítico de la modernidad o, para ser más preciso, de los errores del mundo moderno. Desdeña la aspiración de encontrar un "superhombre" que deje atrás lo humano. Reivindica el concepto cristiano del libre albedrío como frontera con el mal (así, en su novela El hombre que fue Jueves). Frente al racionalismo, opone el sentido común. Frente a la fe ciega en la ciencia, defiende la fe tradicional en Dios. Frente a la crueldad de la civilización industrial y técnica, recupera el ideal social de la Edad Media, donde todo el mundo ocupaba un lugar. Denuncia Lo que está mal en el mundo (un ensayo de 1910) y en su novela La esfera y la cruz, de ese mismo año, plantea el gran enfrentamiento entre Dios y su negación.

Por cierto que vale la pena extenderse sobre esta novela, porque define muy bien cómo veía Chesterton el asunto. Chesterton no es un maniqueo. En La esfera y la cruz, un católico y un ateo tratan de dirimir sus diferencias en duelo. Pero pronto ambos comprueban que el verdadero enemigo no es su respectivo rival, sino un orden social asentado en la indiferencia, que no entiende a los duelistas y que se propone encerrar a ambos como locos peligrosos. Perseguidos por la policía, el católico y el ateo terminan transformando su duelo en una profunda amistad. El verdadero problema del mundo moderno no está en las creencias opuestas, sino en un orden que ha proscrito toda creencia.


Frente a ese mundo vacío de creencias, ganado por la superstición, Chesterton encuentra en el cristianismo una luz segura, un faro que no se apaga. Años más tarde, en "¿Por qué me convertí al catolicismo?", lo explicará así:

"Jamás la superstición ha revolucionado tanto el mundo como ahora. Sólo después que toda una generación declaró dogmáticamente y una vez por todas, la IMPOSIBILIDAD de que haya espíritus, la misma generación se dejó asustar por un pobre, pequeño espíritu. Estas supersticiones son invenciones de su tiempo, podría decirse en su excusa. Hace ya mucho, sin embargo, que la Iglesia Católica probó que ella no era una invención de su tiempo: es la obra de su Creador, y sigue siendo capaz de vivir lo mismo en su vejez que en su primera juventud: y sus enemigos, en lo más profundo de sus almas, han perdido ya la esperanza de verla morir algún día".

Por encima de la superstición y las modas, hay alguien que siempre tiene una idea superior del bien y del mal. Esa es la Iglesia. Chesterton lo descubre, entre otros, en un cura católico: el padre O'Connor, al que conoce en 1907. En O'Connor se inspiraría, por cierto, para crear a uno de sus personajes más conocidos: el padre Brown, el cura detective que a partir de 1911 iba a convertirse en protagonista de cincuenta relatos y que daría a Chesterton una enorme popularidad.

Los años de la inmediata preguerra son un tiempo de efervescencia intelectual para Chesterton. Su hermano Cecil, socialista fabiano, periodista y editor como Gilbert, ha empezado a publicar los trabajos de un amigo de ambos: Hilaire Belloc, ferviente católico. Gilbert, Belloc, Cecil y la esposa de este último, Ada Jones, conforman un núcleo intelectual que cada vez va orientándose más hacia el cristianismo social. Comienza así la aventura de The New Witness. Cecil morirá en la primera guerra mundial, pero la aventura continuará después. El núcleo de The New Witnessalumbrará una doctrina propia: el distributismo, una tercera vía, alternativa al capitalismo y al socialismo, fuertemente arraigada en la doctrina social de la Iglesia.

La tercera vía

¿Qué era el distributismo? Podemos resumirlo así: la aspiración a construir un orden social justo sobre la base de una muy difundida distribución de la propiedad. Se trata de crear una verdadera sociedad de propietarios, donde todo el mundo tenga algo suyo. En palabras de Chesterton: "Todo hombre debe tener algo que pueda darle forma de su propia imagen, así como él es forma de la imagen del cielo. Pero porque no es Dios, sino solo una imagen grabada de Dios, su autoexpresión debe tratar con límites; propiedad con límites que son estrictos y aun pequeños".

Frente al socialismo, el distributismo afirma la propiedad privada. Frente al capitalismo, defiende el derecho de todos, y no sólo de los privilegiados, a ser propietarios. Chesterton explicaba esta diferencia crucial con una de sus habituales ironías: un carterista es sin duda un campeón de la empresa privada, pero no un campeón de la propiedad privada. El capitalismo –decía nuestro autor- ha tratado de disfrazar al carterista con alguna de las virtudes del pirata. Y el comunismo, por su parte, lo único que ha hecho es tratar de reformar al carterista prohibiendo que la gente tenga bolsillos.

El camino interior de Chesterton llega a su término en 1922: fue entonces cuando dio el paso decisivo y se convirtió al catolicismo. ¿Por qué? Él mismo lo explicó en numerosos artículos. En uno de ellos, "¿Por qué soy católico?", lo razonaba así:

"No hay ningún otro caso de una continua institución inteligente que haya estado pensando sobre pensar por dos mil años. Su experiencia naturalmente cubre casi todas las experiencias, y especialmente casi todos los errores. El resultado es un mapa en el que todos los callejones ciegos y malos caminos están claramente marcados, todos los caminos que han demostrado no valer la pena por la mejor de las evidencias: la evidencia de aquellos que los han recorrido".

Chesterton defenderá siempre esa postura en todos los foros públicos. Foros, por cierto, a los que acudía sin desdeñar ninguno. Más aún: los organizaba él mismo para discutir sobre cualquier cosa, desde la política hasta la literatura. Se hicieron célebres sus debates con G.B. Shaw, gran amigo suyo. A quienes acusaban a la Iglesia de mantener actitudes conservadoras, de no adaptarse al aire de los tiempos, Chesterton les contestaba que el ser humano sigue siendo el mismo en todas las épocas: "No quiero una religión que tenga razón cuando yo tengo razón –decía-, sino una religión que tenga razón cuando yo me equivoco".

Era el 14 de junio de 1936 cuando Chesterton moría en su casa de Beaconsfield, a los 62 años de edad. Dejaba atrás un centenar de libros y uno de los periplos espirituales más interesantes del siglo XX. Una voz que nos sigue hablando hoy.

Resegone Online - notizie da Lecco e provincia » “G. K. Chesterton. La sostanza della fede”


"G. K. Chesterton. La sostanza della fede"

Mons. Cecchin e Paolo Gulisano

Doveva essere una serata più "in grande": per la presentazione del libro su "G.K.Chesterton/La sostanza della fede" di Paolo Gulisano e Daniele De Rosa (ediz. Ares) era prevista la presenza del comico Enrico Beruschi, per la lettura e l'interpretazione di alcuni passi salienti. L'attore-regista Beruschi non c'è stato, per un malanno improvviso; e anche uno dei due autori, don Daniele De Rosa – appena nominato parroco – non ha potuto prendere parte all'incontro lecchese. Ma c'era tutto il primo co-autore, Paolo Gulisano, noto medico lecchese e uomo di cultura umanistica varia, in particolare di letteratura inglese e americana; e c'era il moderatore mons. Franco Cecchin, che i lecchesi conoscono bene in quanto loro prevosto in S. Nicolò.

A patrocinare l'iniziativa il Centro Culturale S. Nicolò di Lecco; con il contributo della Provincia di Lecco che ospitava in Sala Ticozzi la serata d'approfondimento.

Gulisano, fin da subito, presentando al pubblico le ragioni dell'assenza del comico Beruschi, ha sottolineato il fine umorismo dello scrittore inglese, anglicano convertito al cattolicesimo, che tratta di fede cristiana cattolica come "gioia dell'esistere". Ma Cecchin incalza con le sue "dieci domande", nate dalla lettura attenta del libro: viene in risalto, immediatamente, la personalità poliedrica di questo intellettuale inglese, brillante nella forma quanto profondo nei contenuti, che sa spaziare dalla letteratura (è anche autore di romanzi gialli) alla storia, alla filosofia, alla teologia, alla economia, e non trascura l'attenzione alle cose minute della realtà, come deve fare il bravo giornalista. Ma Cecchin punta soprattutto sulla attualità del messaggio di Chesterton, sull'umanesimo della fede: viene prima l'uomo e poi la dottrina, il Cristianesimo non annulla l'uomo ma lo esalta.

Come è nato l'interesse di Gulisano e De Rosa per questo autore straniero? Dalla lettura, da giovani, delle vicende romanzate di Padre Brown; in quei racconti, dietro la fervida vena fantastica, e mediante una forma accattivante (l'uso del paradosso), viene alla luce una concezione di vita che attrae i giovani non solo per la soluzione degli enigmi (propria della letteratura specifica) ma per la combinazione tra "Bello, Buono e Vero", che è tutto il segreto di quest'uomo di cultura impegnato nella sua attualità. Oltre ai racconti di Padre Brown, vengono citati romanzi come "Il Napoleone di Notting Hill", e "L'Osteria Volante", e "L'uomo che fu Giovedì".

Segue un profilo essenziale di questa ricca personalità culturale: non solo letteratura ma anche saggistica; dalle biografie di santi, come Francesco d'Assisi e Tommaso d'Aquino, si passa ai trattati veri e propri, come "Ortodossia", "La nuova Gerusalemme", "Eugenetica e altri malanni". Fin dall'inizio della sua attività culturale, nel giornalismo, Chesterton fu anticonformista: rispetto alla "Guerra dei Boeri" sottolinea come gli Inglesi fossero "interessati" alla conquista di quella zona d'Africa, e non al di sopra di ogni sospetto: egli non cerca di rimanere sulla cresta dell'onda, ma indaga e difende la verità.

Interessante, in materia filosofica e sociologica, la teoria del Distributismo, che Chesterton definisce man mano, con il suo amico Belloc e con padre O'Connor (religioso irlandese, il cui modo di fare reale ispirò il personaggio di Padre Brown): il Distributismo è una via alternativa al Capitalismo e al Comunismo, che sono agli antipodi tra loro; gli assolutismi economici e statuali annullano la libertà dell'uomo, e perciò è meglio pensare alla "distribuzione della proprietà privata" in piccole aziende agricole, come in piccole imprese artigianali, che salvaguardano la vita delle famiglie, e in particolare la cura dei deboli. Meglio le corporazioni e le cooperative che il comunismo di Stato, o il capitalismo sfrenato che accentra la ricchezza in mano di pochi a scapito dei molti.

E la conversione al Cattolicesimo? Anche nella conversione il suo percorso fu aiutato dagli amici (Belloc e O'Connor) e più ancora dalla moglie Frances: come nel Medio Evo S. Tommaso è preferibile a S. Agostino, in quanto non abbandona l'uomo nella sua "impotenza" di fronte alla "onnipotenza" di Dio, ma riscatta la dignità umana come voluta da Dio stesso; così in epoca di Riforma e Controriforma non va certo difesa una Chiesa corrotta, - che Lutero (agostiniano) giustamente combatteva – ma una Chiesa vicina all'uomo. E in epoca più avanzata la Ragione assolutizza l'uomo, come se potesse fare a meno di Dio – e da ciò deriva tanto il Capitalismo quanto la sua negazione nel Comunismo – ma questi assolutismi di umanesimo sono esagerazioni e vanno ricondotti alla verità evangelica, che colloca l'uomo a mezza strada tra Dio-Assoluto e la materia.

Dio c'è, e non vive isolato dal mondo che Egli ha creato, e non relega le creature umane a "nullità" rispetto alla sua "verità"; e non è contrario all'uomo ma vuole l'esaltazione di esso sopra a tutte le altre creature. L'essenza del Cristianesimo è nell'essere una religione di gioia: perfino il rospo (la più brutta delle creature) seppe ringraziare il Creatore per la sua sola capacità di "saltare", perché c'è sempre un aspetto positivo nelle cose – e in particolare nell'uomo - per cui occorre esprimere "contentezza" e "gratitudine" e "gioia di esistere".

Anche la modernità della scienza attuale è come precorsa da Chesterton: in "Eugenetica" egli combatte ogni invenzione moderna che distrugga la famiglia tradizionale. Già alla fine della 1° Guerra Mondiale taluni scienziati si ponevano l'obiettivo di "migliorare la specie umana", e pensavano alla soppressione dei deboli, dei malati e dei disabili. Di fronte a queste prime avvisaglie di razzismo e di "hitlerismo" Chesterton gridò all'orrore: l'eugenetica, come le altre forme di assolutismo della Ragione, "schiaccia la dignità umana".

Il tutto con uno stile "umoristico" che usa il "paradosso", cioè la contrapposizione voluta tra termini estremi, per rendere brillantemente un'idea. Si tratta di un umorismo che non deride né demolisce l'avversario né la dottrina avversa, ma fa venire alla luce la verità scherzandoci sopra, e giocando con le assurdità degli estremismi contrapposti. Anche il Crocefisso è un paradosso: "il vinto" (agli occhi della storia del uomini) è in realtà il vero ed eterno "vincitore".

E' come se Chesterton, per la sua epoca, fosse una specie di "padre della Chiesa", un padre "laico". Egli colloca l'ortodossia non come un arzigogolare filosofico e teologico ma come una verità che si pone all'attenzione nella semplicità del "retto pensare". Ecco, così, che viene opportuno un richiamo di mons. Cecchin al nuovo Arcivescovo di Milano: non paludamenti e dottrine rigide, ma umiltà che si pone di fronte ai fratelli in spirito di dialogo, alla ricerca del vero. Così – alla fine – Gulisano pone rapporto tra Padre Brown e il don Camillo di Guareschi: ridendo si impara a vivere.

E la Chiesa, soprattutto quella Cattolica, è gioia, buon umore, partecipazione dell'uomo alla grandezza di Dio, anche nel chiedere perdono e nel riconoscere il suo errore. Nel Cristianesimo si cresce e si scopre sempre più la "grandezza del candore infantile"; ecco un paradosso di conclusione. Se questa è la teologia, ben vengano le serate teologiche, che non stancano ma semplicemente incoraggiano alla vita.

lunedì 6 novembre 2017

Chesterton contro le statistiche ripreso da Tempi.it


Dice Tempi:

Pubblichiamo un articolo di Gilbert Keith Chesterton uscito il 18 novembre 1905 sull'Illustrated London News e tradotto in italiano da Umberta Mesina per G. K. Chesterton – Il blog dell'Uomo Vivo.



Chesterton contro le statistiche. Che sono false anche quando sono vere

Pubblichiamo un articolo di Gilbert Keith Chesterton uscito il 18 novembre 1905 sull'Illustrated London News e tradotto in italiano da Umberta Mesina per G. K. Chesterton – Il blog dell'Uomo Vivo.
È un errore supporre che le statistiche siano semplicemente non veritiere. Esse sono anche malvagie. Per come sono usate oggigiorno, servono allo scopo di far sentire le masse impotenti e vili. Se io decido di fumarmi una pipa, non sono certo meno libero per il fatto che diecimila altri stanno facendo esattamente la stessa cosa.
La gente ha usato fin troppo liberamente, per esempio, il concetto di "reazione". Se mio padre pensava che il caramello fosse meglio del miele, e io penso che il miele sia meglio del caramello, l'Inghilterra ha vissuto una reazione. Se un partito vince un'elezione, e un altro partito vince un'altra elezione, è una reazione. Qualcuno ha inventato una frase veramente maligna per dirlo: lo chiamano "il pendolo che oscilla". Ma un uomo dovrebbe vergognarsi di essere paragonato a un pezzo di piombo. Un pendolo oscilla perché non può fare altro. Ma se c'è un uomo disposto a considerare sé stesso alla luce del pendolo, io non so che farmene. Un uomo simile dovrebbe impiccarsi. Allora sì che potrebbe essere un pendolo e dondolare a volontà. Ma gli individui vivi non si comportano in questa maniera meccanica; e per quanto riguarda gli individui vivi nessuno si sogna mai di aspettarselo.
È verissimo che se trovi un albero chino su un fiume e lo tiri indietro con violenza (con la tua ben nota forza erculea) e poi lo lasci andare, quello tenderà a riprendere la sua posizione originaria. Ma non è vero per un essere umano. Non è vero che, se trovi un rispettabile gentiluomo chino su un libro e lo tiri con violenza all'indietro e poi lo lasci andare, egli riprenderà la sua posizione originaria. Non lo farà proprio per niente. Si butterà in ogni sorta di posizioni nuove e animate e, potendo, ti farà un occhio nero. E poi gli statistici dicono che se hai una lunga fila di duemila rispettabili gentiluomini, chini su duemila distinti libri, e li tiri all'indietro e li lasci andare, essi torneranno tutti ai loro posti come i tasti di un pianoforte. Io ne dubito grandemente. Credo che ti faranno un occhio nero; e nel caso che non ti capiti di avere duemila occhi, o almeno abbastanza occhi per tutti, attenderanno in una lunga coda, come la gente a teatro, per avere il privilegio di farti un occhio nero. Ad ogni modo immagino che, se agisci in base a quel principio statistico, te le suoneranno. Lo spero proprio.
E ho pure un altro motivo di dissenso verso le statistiche. Credo che siano del tutto fuorvianti anche quando sono corrette. La cosa che dicono può a volte essere effettivamente e realmente vera; ma anche in quel caso la cosa che intendono è falsa. E bisogna sempre ricordare che questo significato non solo è l'unica cosa a cui dovremmo prestare attenzione ma è, di regola, letteralmente l'unica cosa che la nostra mente recepisce. Quando uno ci dice qualcosa per strada, noi sentiamo ciò che intende; non sentiamo quello che dice. Quando leggiamo una frase in un libro, noi leggiamo quello che intende; non possiamo vedere quello che dice. E lo stesso accade quando leggiamo le statistiche.
È impossibile per l'intelletto umano (che è divino) sentire un fatto come un fatto. Sempre esso sente un fatto come una verità, che è una cosa del tutto diversa. Una verità è un fatto con un significato. Molti fatti non hanno nessun significato, stando a quanto realmente siamo in grado di scoprire; ma l'intelletto umano (che è divino) sempre aggiunge un significato al fatto di cui sente. Se noi sentiamo che Robinson ha comprato un parafuoco nuovo, sempre desideriamo poter dire: "È proprio da Robinson!". Se non sentiamo niente altro che questo, che un tale a Worthing ha un gatto, le nostre anime fanno uno sforzo oscuro e inconsapevole per trovare una qualche connessione tra lo spirito di Worthing e l'amore per gli animali domestici, tra i canti notturni del felino e il rumore del mare di notte.
Così, quando qualche noioso e rispettabile Libro Blu o dizionario ci propina qualche noiosa e rispettabile statistica, come che il numero di arcidiaconi omicidi è il doppio di quello dei diaconi omicidi, o che cinquemila bambini mangiano sapone a Battersea e solo quattromila a Chelsea, è quasi impossibile evitare di trarre un'inconscia deduzione dai fatti, o perlomeno di far sì che i fatti significhino qualcosa; di fantasticare per un momento su cose profonde e inspiegabili come Battersea o lo stato morale degli arcidiaconi. In breve, è psicologicamente impossibile, quando sentiamo vere statistiche scientifiche, non pensare che significhino qualcosa. Generalmente non significano niente. A volte significano qualcosa che non è vero.
Lasciatemi fare un esempio immaginario, ma molto ordinario e diretto, del modo in cui la cosa succede, per come la vedo io. Supponiamo, per la discussione, che voi e io viviamo in una strada rispettabile. Al numero 1, diciamo, vivono i Pilkington. Be', Pilkington lo conosciamo tutti, povero diavolo. È un uomo che sembra incapace per costituzione di fare un qualunque lavoro. Resterebbe a letto tutto il giorno se non fosse che sua moglie è una persona focosa e un tantino prepotente; ma perfino lei riesce a farlo alzare per colazione solo verso le undici. Al numero 2 stanno i Vernon-Spatchcock, i quali, lo sappiamo tutti, vivono la Vita Semplice e non riescono a tenersi la servitù. Hanno pianificato le loro giornate con una puntualità spaventosa per un mero ideale igienico. Ogni mattina verso le quattro partono per una lunga passeggiata verso Hampstead o qualche altro posto discutibilmente salubre e tornano a casa alle undici precise, quando prendono il loro primo pasto: un piccolo frutto e un po' di latte o qualche porcheria del genere. Al numero 3 c'è il mio amico Miggs, che fa una decente colazione da cristiani a un decente orario da cristiani. Al numero 4 abita il maggiore Macnab, la cui moglie è così invalida, e lui è un marito così cavalleresco che, per quanto affamato possa ritrovarsi, ritarda sempre la colazione fino a che lei non è in grado di scendere, cosa che in genere accade verso le undici. Ai numeri 5 e 6 sono due noiose persone sane che fanno colazione rispettivamente alle nove e alle dieci. Al numero 7 c'è nientemeno che l'illustre Hinks; e come sapete tutti dalle innumerevoli interviste illustrate, Hinks trova che riesce a lavorare meglio nell'arietta fresca del mattino; è quando le brume si diradano e il sole comincia a scoprire la sua faccia di bronzo che gli si affollano nella mente quelle stravaganti fantasie e quei teneri mezzi cenni con cui ci delizia ogni settimana in "The Money-Lender" [L'Usuraio, ndt]. Di conseguenza, egli trova più comodo scrivere prima di colazione; e di solito, nell'estasi della composizione, scrive fin verso le undici, quando comincia a fare colazione. Al numero 8 sta un altro tizio pigro e ordinario, che si alza per far colazione alle undici perché gli va bene così. Al numero 9 vive l'onorevole Galahad Graeme, che si alza tardi per ovvie ragioni e con un gran mal di testa. Al numero 10 ci sono i Wimble, che sono fissati con tutto ciò che è francese e fanno quello che chiamano déjeneur alle undici in punto. Al numero 11 abita un tale di nome Pickles, che fa colazione alle nove.
E adesso lungo questa via arriva il Raccoglitore di Statistiche. Fa domande circa le condizioni summenzionate e scopre questo fatto matematico e incontrovertibile: che di queste undici famiglie una maggioranza di non meno di sette fa colazione alle undici. Questo è un fatto, non c'è dubbio. Ma è tutto qui. Non è un fatto significativo. Non è una verità. Non significa niente di niente. Ma il guaio, in questa faccenda, è quel che ho detto: nel momento in cui abbiamo il fatto non possiamo fare a meno di sentirci come se fosse qualcosa di più di un fatto. Il Raccoglitore di Statistiche scrive un gran libro, o fa un discorso solenne, in cui dice con lucidità e decisione: "Nella via tale non meno di sette persone su undici fanno colazione alle undici". E la mente dell'uomo (che, posso sottolineare, è divina) istintivamente aggiunge una generalizzazione spirituale e un commento. E dice: "Pigre bestiacce". Ma questo è sbagliatissimo e falso. Le persone nella via che ho descritto non sono più pigre di chiunque altro. Hinks lavora come un indemoniato. I Vernon-Spatchcock non mangiano alle undici perché sono pigri, ma perché sono così sgradevolmente energici. Il maggiore Macnab è occupato tutto il giorno con la sua "Storia della Spedizione per il Salvataggio della Signora Muggleton". La via sembra pigra in un libro di fatti; ma è indaffarata e prolifica nel libro della vita. Le statistiche non danno mai la verità, perché non danno mai le ragioni. Ci sono novecentonovantanove ragioni per fare qualunque cosa; e se le persone non hanno nessuna di queste ragioni per fare qualcosa, allora la fanno senza una ragione.
Forse pensate che questo mio esempio sia bizzarro o inadatto perché il Raccoglitore di Statistiche non s'è ancora preoccupato di quale ora scegliamo per fare colazione. Non siate troppo sicuro in proposito. La logica è essenzialmente una cosa folle; e noi non sappiamo che cosa potrebbero inventarsi la prossima volta gli oppressori scientifici dell'umanità. Ma è rigorosamente e letteralmente vero che il metodo descritto sopra è il metodo applicato a molti importantissimi e dolorosi problemi morali dei nostri giorni. Per esempio, è il metodo applicato al problema del bere. Questo statistico immaginario dice: "Sette persone contro quattro fanno colazione alle undici" ma si dimentica di dire perché fanno colazione alle undici. Lo statistico vero dice: "Sette persone contro quattro" (in un posto o nell'altro) "si mettono a bere"; ma non chiede mai perché si mettano a bere.
Mettersi a bere è un atto puramente esterno, come far colazione alle undici. Due uomini non solo possono mettersi a bere per ragioni diverse; possono mettersi a bere per ragioni opposte. Jones si mette a bere perché è povero e non ha alcun altro piacere. Smith si mette a bere perché è ricco e non ha niente altro da fare. Brown si mette a bere perché è prosaico e non sa godersi nient'altro. Robinson si mette a bere perché è poetico e può godersi qualunque altra cosa, ma ha sete di più godimento. Tomkin si mette a bere perché è un uomo animoso e avido di esperienza. Jenkins si mette a bere perché è un vigliacco e teme il dolore. L'abitudine dei moderni statistici è sempre di acchiappare tutti questi atti esterni, che non significano niente, di separarli dalle loro cause psicologiche, che significano tutto, e poi di infilarli così staccati nella mente umana (che a ragione è stata chiamata divina) dove essi producono un'impressione del tutto falsa. Dicono: "C'è stato il tal numero di colazioni alle undici in Tub Street" anche se queste includono alcune colazioni pigre, alcune colazioni energiche e alcune colazioni episodiche. Dicono: "Il tal numero di uomini si sono ubriacati" anche se questo include uno sposo felice, due poeti infelici e un dipsomane. Dicono: "Il tal numero di uomini è stato colpito in una delle nostre strade" ma ne nascondono le ragioni. E a che diamine ci serve tutto questo?
Foto Ansa

Incontro su Padre Brown a Gavardo (BS) - video

domenica 5 novembre 2017

Un aforisma al giorno (altra pezza)


La cristianità è stata mandata in frantumi dalla Riforma.

Gilbert Keith Chesterton, Ortodossia 

Un aforisma al giorno

Le dottrine e le crociate, le gerarchie e le orribili persecuzioni non furono organizzate, come dicono gli ignoranti, per sopprimere la ragione. Furono organizzate per la difesa difficile della ragione. L'uomo, a causa di un cieco istinto, sapeva che una volta che le cose fossero state messe in discussione in modo incontrollato, prima fra tutte sarebbe stata messa in discussione la ragione. Il potere dei sacerdoti di dare l'assoluzione, il potere dei papi di definire l'autorità, perfino quello degli inquisitori di seminare il terrore: questi erano solo oscure forme di difesa erette intorno a un potere centrale, più indimostrabile, più soprannaturale di tutti - la facoltà di pensare dell'uomo. Ora sappiamo che è così, non abbiamo scuse per ignorarlo.

Gilbert Keith Chesterton, Ortodossia

Effetti della lettura di Eretici


Colpiscili di nuovo, fai loro del male, fagli vedere i sorci verdi.

Hilaire Belloc, lettera a Gilbert Keith Chesterton 
dopo la lettura di alcune recensioni del libro Eretici, 1905

Un aforisma al giorno (e adesso metteteci una pezza)

La parola "eresia" non solo non significa più essere nel torto ma significa in sostanza, essere lucidi e coraggiosi. La parola "ortodossia", non solo non significa più essere nel giusto, ma significa, in sostanza, essere nel torto.

Gilbert Keith Chesterton, Eretici

venerdì 3 novembre 2017

Il grande Aidan Mackey al lavoro nella Chesterton Library


Aidan Mackey è il decano dei Chestertoniani di tutto il mondo, il druida dei Distributisti, un uomo splendido. Ha avuto l'amicizia di Dorothy Collins, la segretaria di Gilbert, e Ada Jones, la moglie di Cecil.
Ha tenuto alta la fiaccola per decenni ed è sempre sulla breccia, come quando lo scorso Aprile mi ha accolto con la mia famiglia nella Chesterton Library di Oxford, che senza di lui non esisterebbe.
Ecco una bella foto che lo ritrae all'opera!

Marco Sermarini

Un aforisma al giorno (bello, aiuta molto...)

Nessun uomo ha mai riso di nulla fintanto che non abbia riso di se stesso.

Gilbert Keith Chesterton, Illustrated London News, 30 Agosto 1913

Un aforisma al giorno (da incorniciare)

Non c'è limite alla pazzia degli uomini quando si ritengono superiori sia alla risata che all'umiltà.

Gilbert Keith Chesterton, Daily News, 2 Marzo 1907

giovedì 2 novembre 2017

L’importanza della filosofia - di Fabio Trevisan (da Riscossa Cristiana)




 "L'uomo non ha alternativa: o si lascia influenzare da un pensiero che è stato meditato a fondo, o da uno che non lo è stato".
Nella raccolta di saggi "L'uomo comune", Gilbert Keith Chesterton auspicava il rifiorire di un'autentica filosofia: "La motivazione migliore che giustifica la rifioritura della filosofia è che, se l'uomo non ne ha una, gli capiteranno cose orribili". A distanza di un secolo anche noi possiamo tristemente verificare la lungimiranza di queste considerazioni e amaramente constatare come siamo immersi nell'incapacità di pensare, tipica dell'uomo moderno e post-moderno, in contrapposizione all'uomo medievale, esattamente come pensava Chesterton: "Le relazioni politiche e sociali sono di gran lunga più complicate di qualsiasi pagina di metafisica medievale, con la sola differenza che l'uomo del Medioevo sapeva come sbrogliare la matassa e seguire il filo logico delle complicazioni, mentre i moderni non lo sanno fare"

Il grande scrittore londinese sapeva e credeva che il Medioevo, contro la vulgata corrente, era stata un'epoca di fioritura della ragione, al contrario di quella moderna che, soprattutto con l'eretico Lutero, aveva inaugurato il terribile ingresso della suggestione. Pertanto, contro il modernismo, reputava che il mondo avesse bisogno di ciò di cui si era volgarmente sbarazzato, ossia dell'indispensabilità della metafisica: "Ciò di cui abbiamo bisogno, e gli antichi lo avevano capito, non è di un politico che sia un uomo d'affari, bensì di un re che sia un filosofo". Chesterton desiderava che si ritornasse a coltivare la ragione agganciata al senso comune, contro il pragmatismo avvilente della modernità che aveva abbandonato la fatica del pensare, condensato nello squallido slogan: "Fatti, non parole".

Contro la banalità opprimente di questi facili cortocircuiti del pensiero, Chesterton affermava: "Si tratta di semplici surrogati del pensiero. Ciò significa che, chi si rifiuta di avere una sua filosofia, non godrà nemmeno dei vantaggi della bestia bruta, lasciata ai suoi istinti. Avrà soltanto i logori avanzi della filosofia di qualcun altro…L'idea di essere "pratici" è tutto ciò che resta di un pragmatismo che non può stare in piedi. E' impossibile essere pratici senza un "pragma". L'allusione all'importanza del dogma e della dottrina era testimoniata in tante altre sue opere, ma Chesterton si preoccupava, da buon medievalista qual era, di dedurre le conseguenze drammatiche di tanta confusione moderna. Ad esempio, l'espressione "fatti, non parole" aveva come corollario "parole, non pensieri" ed infatti constatava (e possiamo appurarne anche noi la plausibilità) il diluvio di parole futili, senza significato, fatto da uomini rozzi e inconsapevoli, il cui desiderio di verità era stato mortificato o banalizzato. La spinta alla confusione moderna era derivata anche dall'assecondare un desiderio un po' presuntuoso e superficiale di progredire, o di seguire la direzione presa dal mondo: "Se non riesce a fare ordine nella propria testa, men che meno ci riuscirà nell'estrema complessità della sua comunità o civiltà".


Chesterton si interrogava su come avesse fatto una civiltà cristiana a complicarsi tanto, anche se era del tutto consapevole che queste sue riflessioni sarebbero state accolte con sdegno: "Si ribatterà con tono aspro che non è questo il momento per le assurdità e i paradossi e che serve davvero un uomo pratico che prenda in mano la situazione e rimedi alla confusione". Era però altrettanto consapevole che questo "uomo pratico", sganciato dalla tradizione, avrebbe lasciato la confusione ancor più disorientante: "Per qualche strana ragione si usa dire, in riferimento a questi individui "pratici", che "sanno ciò che vogliono". Ovviamente è proprio questo ciò che non sanno". Chesterton intendeva dimostrare che non sanno il perché lo vogliono e che ci si sarebbe dovuto interrogare sul come e i perché, attraverso un pensiero masticato a lungo: "L'uomo non ha alternativa: o si lascia influenzare da un pensiero che è stato meditato a fondo, o da uno che non lo è stato". 

Reputo necessario che si ritorni a considerare la portata del pensiero chestertoniano per comprendere quanto la separazione tra dottrina e prassi, tra pensiero e azione abbia costituito l'anticamera della confusione e del disorientamento che stiamo drammaticamente vivendo.

Un aforisma al giorno

Si tende a parlare delle istituzioni come se fossero qualcosa di freddo che intralcia la nostra vita. La verità è che, quando gli uomini si sentono spiritualmente elevati e inebriati di libertà e di nobili aspirazioni, devono sempre finire, e lo fanno immancabilmente, per creare delle istituzioni. Quando sono stanchi tendono a precipitare nell'anarchia, ma quando sono allegri e vigorosi promulgano leggi: è inevitabile. Questo è vero per tutte le religioni e per tutte le repubbliche che si sono succedute nella storia, alla stessa maniera in cui è vero il più comune gioco d'azzardo o il più chiassoso gioco campestre. L'uomo non si sente mai libero fino a quando un'istituzione non lo libera, ma la libertà non può esistere fino a quando non viene dichiarata d'autorità.

Gilbert Keith Chesterton, Le avventure di un uomo vivo